Louise Bourgeois: Bienvenidos al dolor.


Louise Bourgeois: “Me dedico al dolor para dar sentido y forma a la frustración y el sufrimiento. No puedo hacer desaparecer el dolor. Ha venido para quedarse”

Louise Bourgeois
Louise Bourgeois

El Guggenheim Bilbao propone un viaje por la vertiente más oscura de la artista fallecida a los 99 años en 2010.

El entrecomillado “Me dedico al dolor para dar sentido y forma a la frustración y el sufrimiento. No puedo hacer desaparecer el dolor. Ha venido para quedarse” no parece el mejor eslogan escaparatista para vender el concepto exposición del verano. Y de hecho no lo es. Ese entrecomillado es la plasmación de una verdadera declaración de intenciones. La de los responsables del Guggenheim Bilbao, incrustando en el luminoso mastodonte de Frank O. Gehry los mundos —pero sobre todo los submundos— de Louise Bourgeois (París, 1911-Nueva York, 2010).

Louise Bourgeois (1911- 2010) fue una de las artistas más originales e inventivas del siglo xx. Creció en una familia de restauradores de tapices en París. A principios de los años treinta, estudió matemáticas y filosofía en la Sorbona. La muerte temprana de su madre, en 1932, la impulsó hacia las artes visuales, y empezó a asistir a varias escuelas y programas en París, incluyendo el taller de Fernand Léger y l’École du Louvre. En 1938, se casó con el historiador de arte estadounidense Robert Goldwater y se mudó a los Estados Unidos. En NuevaYork, se convirtió en miembro fundador de la New York School. En 1951, después de la muerte de su padre, Bourgeois se introdujo al psicoanálisis con el Dr. Henry Lowenfeld, una práctica que mantuvo hasta 1985. Se volvió ciudadana estadounidense en 1955. La carrera de Bourgeois como artista en Nueva York empezó con exposiciones individuales de pintura en 1945 y 1947, seguidas de tres exposiciones de sus esculturas en madera e instalaciones ambientales en 1949, 1950 y 1953. No volvería a tener una muestra individual de su obra hasta 1964, cuando presentó un corpus innovador de escultura abstracta en yeso y látex en la famosa Stable Gallery de NuevaYork. En 1982, Bourgeois se convirtió en la primera mujer en presentar una retrospectiva en el Museum of Modern Art de Nueva York y, durante 2007, fue el tema de una retrospectiva exhaustiva en la Tate Modern de Londres, la cual viajó al Centre Pompidou de París, el Guggenheim Museum de NuevaYork y el Hirshhorn Museum de Washington,D.C.

El miedo como tema

No quiso dejar nada sin contar y no lo dejó. Hay que advertir que el tono y el material de su narración son, digamos, algo diferentes a los de otras. Las celdas tratan del miedo, y el miedo es libre. Lo puede traer un crujido a destiempo. El ladrido de un perro en medio de la bruma donde ya no hay espigón. Luego están los miedos de la vida, que son los de la muerte. Bien lo sabía Louise Bourgeois: muere la gente y no sabes qué preguntas hacerte ni qué respuestas serás capaz de darte. Eso da miedo. Bien lo sabía aquel pájaro de ala quebrada, alguien volcánico y depresivo con pulsiones suicidas (lo intentó dos veces, la primera cuando murió su madre en 1932, la segunda cuando su padre, que encima se acostaba con la institutriz, quiso casar a Bourgeois con un amigo suyo).

Bourgeous
Un hombre camina junto a la obra ‘Araña’, que forma parte de la exposición sobre Bourgeois que acoge el Museo Guggenheim. ANDER GILLENEA

“Tenía sus problemas sicológicos, claro, mucha ansiedad, temores, miedos, depresiones y un gran sentimiento de culpabilidad por no ser buena madre… pero sabía que el arte le ayudaba a sobrevivir, todo su proceso creativo, no solo las celdas, eran una terapia”, explica Jerry Gorovoy, asistente personal durante 30 años y actual presidente de la fundación que gestiona los derechos y la memoria de la artista. “Una artista que nunca hizo cosas para el público… sino para ella misma”, aclara Gorovoy sobre alguien a la que la crítica y el mercado del arte reconocieron cuando sobrepasaba ya los 70 años.

Días negros, La destrucción del padre, Sin salida, Arco de histeria, Pasaje peligroso, El confesionario… son títulos que no dejan resquicio a la duda en esta peregrinación por entre las estructuras de acero, vidrio, madera, tela, látex, mármol, resina o trozos de espejo. Todo resulta tétrico y, a la vez, extrañamente plácido. Más que a la contemplación de un conjunto de obras, al visitante se le propone pulular entre ellas, formar parte de ellas. El reto se aceptará o no. Si es que no, tendremos a un visitante de museo visitando un museo. Pero si es que sí, tendremos en escena la rara (por escasa) especie de los pobres diablos examinando en su interior, confrontándose a la obra de arte, cayendo quizá en la cuenta de que, qué demonios, como sostenía Louise Bourgeois el arte nos puede salvar, o al menos interrogar.

Passage Dangereux
Passage Dangereux

La soledad, el abandono, la inseguridad, lo ido, el daño, la memoria, el dolor intenso, quién sabe si la curación. No es poco para una exposición de verano.

Cuesta creer que lo temible pueda resultar poético. Pero en las salas oscuras las guillotinas, los reclinatorios, las prótesis, las puertas, camas y sillas desvencijadas (muchas de ellas recuperadas de vertederos o escombreras), los frascos de perfume —en su caso, siempre Shalimar de Guerlain— y las aberturas por donde asomarse como un voyeur… surgen como estrofas de un poemario maldito. Un poco hay de Baudelaire y un mucho de Duchamp y Bacon. Tampoco olvidemos a Freud.

Es el universo de Louise Bourgeois, un espejo en el que nadie querría mirarse. Ella sí. Amó a su madre muerta (de ahí el útero vacío como tema constante), quiso matar al padre aunque nunca aparcó el complejo de Electra. También quiso matarse a sí misma. Quedan estas 28 celdas como testimonio de una desolación. También como la demostración empírica de un caerse y levantarse. Celdas-refugio, celdas-cárcel, celdas-siquiátrico.

La curación por el arte. O el anhelo de ello.

fuente: elpaís

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir a la barra de herramientas