De cómo el demonio me rompió el corazón – Por Nina Kolster

Nina Kolster

el demonio

Estás aquí. A veces durante un segundo y a veces durante todo el día. Es como si no pudieras irte o yo no dejara que lo hagas. Es como si aún no estuviera lista para decirte que te vayas de una vez por todas, que desaparezcas. Y cuando creo que por fin voy a conseguirlo, que estoy dispuesta a olvidarte, tu voz enseguida hace eco en mi mente. Tus palabras, tus pensamientos, tu risa inolvidable. Y por supuesto: la música. Como si necesitara más cosas que te trajeran de regreso.

Cuando estábamos juntos, cada vez que sonaba mi teléfono mi corazón daba un brinco pensando que eras tú. Luego de terminar tuve que cambiar de ringtone para no morirme de tristeza al darme cuenta de que ese sonido jamás volvería a ser por uno de tus mensajes. Entonces no me quedó otro remedio que leer y releer los que antes me enviabas, esos donde todo estaba bien y éramos felices. Esos en los que no hacía falta escribir demasiado ni decir algo increíble para que fuera tan agradable conversar contigo. Así que, luego de leerlos todos, los borré de mi teléfono como si con eso consiguiera eliminarte de alguna manera. Como si con eso consiguiera borrar lo que dijiste y lo que me hiciste sentir.

Lo peor es que ni te esforzaste demasiado para llamar mi atención. Todo fue producto de esa preciosa casualidad que es del tipo de cosas que despiertan mi atención, y lo mejor: la mantienen. Porque si algo ocurre conmigo es que me aburro muy rápido de todo y de todos, pero cuando hay algo que llama mi atención por más tiempo es momento de decir que me tienen. Y me tienen entera.

Ni siquiera sé cuándo empezaste a gustarme tanto. Quizás fue cuando me hiciste reír por la primera cosa absurda que dijiste, ¿y por qué no reírme? ¿Al final no merecía la oportunidad de volver a hacerlo? O quizás fue cuando me hablaste como nunca nadie lo había hecho y me revelaste todas esas verdades del mundo que nadie dice en voz alta. Esa seguridad en ti mismo fue sin duda lo que me hizo quererte cerca. No podía dejar de sorprenderme con todo lo que sabías, todo lo que me enseñabas, todo lo que compartías conmigo. No hacías más que atraparme.

Puedo decir que fue breve pero muy intenso. Como esa lluvia que se atraviesa en el día destrozando todo a su paso, pero mientras estás bajo ella te invade una adrenalina que te hace disfrutar el momento, dure lo que dure. Y después verás qué haces, mientras pasa no es momento de preocuparse demasiado. Vivir, le llaman. Y eso fue lo que pasó contigo, supiste cómo llegar a mí y hacerme sentir más viva que nunca. Fue mágico, en cierto modo, porque todo era desconocido para mí. Tú eras un desconocido para mí. Eras el demonio, el mismísimo demonio.

Lo que más miedo me dio de conocerte es que ni siquiera tuviste que tocarme para que empezara a sentir cosas por ti. Esa clase de atracción no la consigues con cualquier persona. Es simplemente un flechazo que te dice que es ahora o nunca y que si no es, te mueres. Así, sin más. Una vez que estuvimos juntos no supe sino perderme en ti, no quise conocer nada más. Y es que en ti vi cosas que ni noté en los demás, en el resto de tarados que me hablaban de mil cosas que ni recuerdo porque nada era importante para mí. Nadie se interesó en conversar conmigo tan abiertamente, nadie me escuchó ni me explicó cómo funcionan las cosas como tú lo hiciste. Y quise seguir escuchándote. Quise seguir aprendiendo de ti… aunque sabía que el camino era algo peligroso.

Yo y mi maldita curiosidad que me lleva por senderos de los cuales desconozco el camino de regreso. Yo y mis malditas ganas de buscar lo que no se me ha perdido. Yo y mis malditas ganas de no escuchar a mis amigos y de hacer siempre lo que peor me parece solo “para el recuerdo”. O, simplemente, yo y mi maldita burbuja de perfección de la que no quería salir, de la maldita soberbia con la que vi el derecho de ser humana. No sé qué me hiciste pero me encantó. Porque eso fue lo que hiciste, me encantaste.

No sé si maldecir el haberte conocido porque sinceramente no todo fue malo. Más es lo que yo siento que pasó que lo que realmente pasó. Quizá vi cada momento a través de unos cristales que lo tergiversaron todo, ¿pero qué hay de lo que me hiciste sentir? ¿Eso también puede pasar por un filtro? ¿Puedes pensar que sientes cosas cuando no es así? ¿Qué tan falsos tendrían que ser esos sentimientos o esas sensaciones?

¿Seré una falsa? Llegué a pensarlo, pero eso no es lo que me dice mi mente antes de dormir, cuando me encuentro pensando en ti, en qué estarás haciendo, en qué habrás hecho durante el día, en qué canción estarás escuchando, en si aún besas como lo haces, en si tu cabello sigue tan suave como cuando pasaba horas jugando con él, en si aún te ríes tan irresistiblemente, en si aún piensas en mí y te pones como te pones cuando lo haces, en qué haríamos si estuviéramos juntos… Y duele el mundo entero no comprobarlo por mí misma.

O quizá me equivoqué desde el día uno. Quizá lo mejor que pude hacer fue ignorarte desde el principio, no hacerte caso, no prestarte atención ni responder tus mensajes. Quizás estuve destinada a fijarme en ti, quizá nunca debimos conocernos, quizá nunca debimos compartir todos esos momentos, esas canciones, esas rarezas, esas casualidades que hasta llegaron a espantarme por lo exactas que fueron… quizá nunca debimos hacernos la idea de nada. Quizá nunca fuiste para mí ni yo para ti, quizá nunca estuvimos destinados a coincidir. Y lo peor es que ya lo habíamos hecho en el pasado, no muy atrás, pero el destino tuvo que hacer de las suyas para reunirnos. Nunca voy a entenderlo.

Dicen que la mejor manera de olvidar a alguien es pensando en esa persona a diario. Yo decidí quedarme con todo lo bonito, todo lo que me hizo sonreír y tener fe en las personas. Me quedé con las risas, con la manera como me mirabas, con tus abrazos, con tus besos, con tu música, con tu inocencia y tu emoción. Me quedé con todo lo que me sacó de donde había estado escondida por mucho tiempo, en parte por elección y en parte por miedo. Pero eso que tanto temí terminó alcanzándome. Me quedé con todo. Nunca vas a entenderlo.

Sin embargo, lo que nadie nos enseña es que las cosas que pasan por nuestra mente pueden ser a la vez mejores y peores que la realidad, por eso soñar despierto es un arma de doble filo. O te hace feliz o te mata. Nunca imagines de más, a veces es una trampa. No construyas recuerdos felices si no vas a hacerlos reales.

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Finalmente, suena el teléfono. Ya casi te olvidaba. Eres tú. Es mi demonio. Mi corazón late con tanta fuerza que siento que toda la sangre se va a mi pecho y mis manos tiemblan. Contra mis más profundos deseos, lo dejo sonar y no contesto. No insistes. Tampoco te devuelvo la llamada, no quiero abrir el portal a lo que ya sabemos, a lo que ya probamos, a lo que ya dolió suficiente. Es la decisión más difícil pero también la necesaria. Es dejar que la bomba estalle y no rescatar a nadie, es esperar que pase el impacto y luego caminar entre los escombros. Es el orgullo, el peor sentimiento del mundo; es la delgada línea entre hacer lo correcto y lo que te hace feliz. Porque el tiempo está en mi contra y yo estoy en contra de todo. No sé, así soy yo, así lo hago. A veces es demasiado. O quizás simplemente aún no estaba lista. ¿Fue necesario todo esto para darme cuenta?

Odio tus fragmentos. Odio borrarte. Odio tener que despedirme de tantas maneras. Odio tener que volver a desconfiar. Odio haberte escogido. Odio que hayas insistido. Odio haberte encontrado. Odio que seas tan intrigante. Odio que tengas razón. Odio que te guste tenerla. Odio encontrarte en cada historia y en cada canción. Odio ver tu rostro antes de dormir. Odio que cada vez lo veo menos. Odio que no me escribas. Odio no hacerlo yo tampoco. Odio mi nuevo ringtone.  Odio que seamos tan parecidos. Odio que haya empezado, pero más odio que haya terminado. Odio que no haya tiempo…

Odio, odio, odio.

Odio que me hayas roto el corazón.

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