De otra tortuga y otro Aquiles – Daniela Henze.

De otra tortuga y otro Aquiles

Daniela Henze.

Supongamos que tienes prisa por llegar a un concierto de tres flautas y un guitarrista volador. En realidad, estás a corta distancia del lugar y tu velocidad es la adecuada para estar ahí antes de que dé inicio. Sin embargo, te apresuras para no sentir la opresión aplastante del tiempo. Esa presión que empuja el peso de tu cuerpo por tus piernas y te fija al suelo cuando los días son tranquilos. Y que también impregna la vida a tu alrededor con su cualidad estática y silenciosa, y su peculiar olor a tu propia muerte.

Las flautas y el guitarrista volador no están lejos, pero tú huyes del tiempo mismo, que te acecha si te quedas parado. Y en la corretiza tropiezas con un hombre que parece materializarse de repente frente a ti y el golpe es tal, que te saca el sombrero y el cigarrillo que llevas en los labios. El hombre, de bigote, saco rojo y ojos negros, te mira con una chispa de reconocimiento y sonríe sin alegría.

Esa sonrisa y esos dientes afilados te recuerdan a tus primeros años, cuando la soledad te había obligado a inventar a tus propios amigos con los que probabas tus límites y caminabas en el delicioso filo entre vivir y morir. Ellos tenían también esos ojos retadores que te impulsaban a acercarte un paso más al abismo, a permanecer un segundo más bajo el agua, a saturar tus sentidos para no sentir la respiración del tiempo en tus pulmones.

El hombre abre la boca y con voz de trueno te informa que, aunque es temprano, ya es demasiado tarde y nunca verás a los flautistas ni al guitarrista volador. El tiempo que ha pesado sobre tus hombros, con su eternidad aplastante, se ha agotado.

Y, entonces, te detienes. Por fin. Después de tantos años. La carrera ha terminado. El tiempo estático ganó. Sientes cómo la opresión se levanta y abre el espacio a tu alrededor. Y tú, como mota de polvo, como mota de polvo con pulmones, respiras embriagado de alivio por no tener que competir más.

El hombre, con sus ojos negros fijos en los tuyos, se acerca, pasa el brazo por tu cintura y da un golpe seco sobre tu corazón. Pierdes la vista momentáneamente y te da un ataque cardiaco. Unas cuadras más adelante, las flautas y el guitarrista volador comienzan su performance. Y con tus últimos impulsos cerebrales, los más profundos e instintivos, piensas que pudiste haber llegado, si tan solo hubieras corrido más aprisa, si no hubieras sacado la basura al salir… Que pudiste haberlo logrado.

Entonces, la voz de trueno te da dos opciones. Podrías aceptar tu derrota y entender que tu humanidad no da para más, o puedes empezar la carrera de nuevo y pretender, como cada vez, que Aquiles le puede ganar a la tortuga. Supongamos que todo esto ha pasado y que abres los ojos, contienes el aliento y esta vez te pones zapatillas para correr.

27 de marzo de 2017.

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