Una flor que se marchita.

Una flor que se marchita.

Pasan los días y apenas aparece,

célula por célula,

un pequeño retoño brota de la punta,

blanco como la nieve.

Las gotas de la lluvia la alimentan; la bella flor crece impetuosa cuando se acerca la mañana.

Sube lentamente el tallo hasta forjar todo su tamaño,

tanto capaz de despertar a las abejas que se avientan a recoger su suave polen.

Las mariposas giran de alegría por la energía que les transmite,

mientras que el pasto con alabanzas hace tributo,

dejando fuera la tempestad y la inmensidad de lo eterno,

sólo observando la magnificencia del cielo y el astro solar.

Y en un atardecer amarillo y rojizo,

se ve la flor moribunda,

un pétalo cae de sí generando una minúscula sombra ante el paisaje formidable,

la flor no tiene más que dar,

en un abrir y cerrar de ojos pasa el otoño y ataca el invierno,

como si fuera la muerte para la bella flor.

Ahora el paisaje es blanco y gris oscuro,

la flor se ha marchitado.

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